No existe otra solución posible

Giorgos Papandreu, actual presidente de Grecia, se pone de pie. Nervioso, se pasa un pañuelo por la frente para secarse el sudor que le corre a borbotones. Delante de él trescientos tipos que deciden la suerte de un país entero. Detrás de ellos, en las sombras y dueños de un susurro penetrante, mafiosos de traje y chaleco hacen cuentas y temen por el fin del fin en sí mismo.

Todavía más allá, tan solo unos metros más allá, se escucha un rumor. Giorgos Papandreu se calza los lentes y estira el cuello para ver qué sucede. Una nube de humo le impide la visión. Giorgos Papandreu alza las cejas y estira para abajo las comisuras de los labios. Luego acomoda el micrófono y dice con voz carente de aliento: “Los insto a que escuchen lo que su alma y su patriota conciencia les dicta”. No le sale otra cosa. En Atenas se acabó la imaginación para los discursos.

La noche anterior, parece, Papandreu habló con su alma. Nunca el mensaje había sido tan claro: “reducción del gasto público especialmente en educación y salud, reducción del pago a trabajadores estatales, despidos, aumento de impuestos, recorte a las pensiones, privatizaciones”. Por la mañana, cabizbaja, su patriota conciencia le confesó: “no existe otra solución posible”.

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